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Asociación Latinoamericana de Medicina Social México |
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La tragedia minera Carlos Manuel
Valdés Otros seis muertos en las
minas de carbón, aunados a los siete anteriores y a los que por ser uno o dos
no llamaron la atención y a los 42 precedentes y a los 165 de Barroterán y a los 141 de Hondo y sígale contando. “El
negro mundo del carbón” tituló un autor a su libro mitad relato, mitad
denuncia (pido disculpas al autor por no indicar su nombre pero no encuentro
su libro en mi desordenada biblioteca). Y don Arturo Berrueto
también describió los sucesos de San Felipe, y Ramiro Flores contó los
muertos, entre minas y pocitos, desde el 31 de enero de 1889 hasta el 3 de
mayo de 2011 la impresionante y vergonzosa cantidad de 1403 (súmele los del
último año). Ciento veintitrés años de tragedias sirven para una secuencia
infausta de pérdidas de vidas; algunas en la más deplorable de las
condiciones. Pérdidas para las familias porque no se puede ocultar que para
los empresarios hay ganancias. Así que el tema tiende a continuar hasta la
saciedad y el aburrimiento o hasta la rebelión de las viudas.
Con Pasta de Conchos se logró traspasar el nivel de la frustración momentánea
del dolor y la sorpresa y se llegó a fijar una indignación permanente. El
obispo Raúl Vera, el padre Carlos Rodríguez desde el DF y algunos sacerdotes
de las localidades mineras, como Alejandro Castillo, no cejaron en la
búsqueda de justicia para las viudas. Los muertos ya no la necesitan aunque
sí, quizás, sus nombres. Los cuerpos, que ha sido una de las exigencias de
las familias, no saldrán del hoyo. La Federación, el Estado y, sobre todo, el
señor Larrea, se lavaron las negras manos y se secaron con la misma toalla
cochina.
No es serio establecer magnitudes en las tragedias de las minas del carbón.
Para cada niño huérfano la suya es la mayor. Pero en otros tiempos ni
siquiera se inquietaban los gobernantes. Hoy en día se discute si los muertos
estaban asegurados (¡vaya retórica de altura!) En el pasado, todavía en el
siglo 19, ni siquiera se tenía el nombre de una gran parte de los muertos.
Ahí quedaron muchísimos orientales de los que lo único que se sabía es que
venían de allá, ¿de dónde?, pues de China, que para los empleadores quienes
tuvieran ojos rasgados eran chinitos. Pero entre los muertos se sabe que
había japoneses y coreanos quienes con un poco de geografía sabemos que no
vienen de China. Largos años sus familias, o sus compañeros sobrevivientes,
pusieron en tumbas simbólicas (sin cuerpo), tablitas con un letrero en su
escritura gráfica para desearles, sin duda, un viaje feliz en otra o más
vidas. Los muertos tenían nombre, pues. Barroterán, Hondo y la
Conquista, en ese orden, serían las minas cuyas explosiones destruyeron
el mayor número de cuerpos mineros. Cuando la desventura de Pasta de Conchos,
el jesuita Carlos Rodríguez me invitó a dar una plática sobre la historia de
las minas del carbón. Fui, más que a exponer, a escuchar. Claro que los
mineros no tenían información de algunos sucesos, pero traían a flor de piel
recuerdos valiosísimos. Impartí dos charlas, una en Monclova y otra en
Agujita, en el Museo del Carbón. En Monclova se me acercó un hombre gordo y
viejo. Me dijo que él había entrado al socavón de Barroterán
a buscar a sus colegas mineros y a un compadre. Dijo que al primero que vio
fue a un minero cuyo cuerpo quedó estampado en la pared rocosa, convertido en
sombra, como aseguran que sucedió en Hiroshima. Cuando encontró a su compadre
lo halló muerto, pero enterito, lo que lo inquietó. Pidió a otro rescatista
ayuda. Cada uno de un lado trataron de levantarlo y su carne se les quedaba
en las manos. Tuvieron que sacarlo encobijado. El flamazo lo dejó íntegro
pero cocido. Esto, de un testigo. Lo que sucedió
en estos días es parte, ya, del gran recuento. Parece increíble lo que opinan
otros mineros cuyo turno seguía al de los que ahí velaban. Un joven declaró
que no tenían otra manera de vivir y que, al menos él, seguiría entrando a
buscar carbón. “¿De dónde quiere que coma la familia si no es de ahí?” Finalmente
quedarán las preguntas consabidas: ¿esto es parte del destino?, ¿hay o no
culpables?, ¿cuándo se les ocurrirá a los indolentes, inútiles y cínicos
diputados cambiar las leyes de extracción del gas grisú?, ¿se paga justamente
a quienes exponen su vida? Responda usted, es su turno.
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