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Asociación Latinoamericana de Medicina Social |
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La importancia del dato en la salud pública Asa Cristina Laurell La Jornada, México 6 de julio de 2011 El 29 de junio la agencia gubernamental farmacéutica sueca (Läkemedelsverket) presentó los resultados de una revisión
de todos los casos de narcolepsia (enfermedad neurológica crónica e
incapacitante) ocurridos en menores de 19 años durante el periodo 2009-2010.
La revisión demuestra que los que fueron vacunados contra la influenza A/H1N1
con Pandemrix o Arepanrix
tuvieron 6.6 veces mayor riesgo de desarrollar esa enfermedad. Los hallazgos
son coincidentes con otro estudio finlandés. Recordemos que 8 millones de
mexicanos recibieron esta vacuna. El
estudio sueco fue posible gracias a un registro, confiable y exhaustivo, de
morbilidad que permite detectar alteraciones en la incidencia de enfermedades
aunque sean relativamente infrecuentes y establecer la relación
epidemiológica con la causa inmediata. Es una demostración de la importancia
del dato en la salud pública. El tema
de la importancia del dato confiable y exhaustivo adquiere mucha relevancia
en una época caracterizada por su (fetichismo) idolatría del dato. Recibimos
abundante información numérica cotidianamente que se presenta como una
demostración de la verdad sobre uno u otro hecho, como la evidencia empírica
de tal o cual suceso. Los
investigadores mexicanos de salud pública y de las políticas de salud nos
enfrentamos a datos oficiales contradictorios entre sí y en muchas ocasiones
inverosímiles o hasta extravagantes. Por ejemplo, en la página oficial del
Seguro Popular (SP) se sostiene que éste cubre mil 400 enfermedades cuando su
catálogo sólo consigna 275 intervenciones y 49 de gastos catastróficos. Es de
notar que el concepto intervención se refiere a procedimientos específicos
que no cubren la totalidad de la atención requerida para una enfermedad en
sus distintas fases. Es decir, el SP no cubre enfermedades sino
procedimientos lo que resulta en un proceso de atención fracturado e
incompleto. Otro
ejemplo son los datos del número de derechohabientes de la seguridad social
en 2010. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) señala que son 72.5 millones, de los cuales 35.4
pertenecen al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y 7.2 al Instituto
de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (Issste). El IMSS reclama una cobertura de 52.3 millones y
el SP de 42.2 millones de personas. Si se suman los datos proporcionados por
el IMSS y por el Seguro Popular más los del Issste
hay una discrepancia de 29 millones respecto al dato del Inegi.
Aun restando los 7.1 millones de derechohabientes del IMSS que no son
usuarios, hay una diferencia de 22 millones. En el
caso del SP no se señala la diferencia entre personas inscritas y usuarias.
Hay además graves inconsistencias entre las características reportadas de los
afiliados al SP respecto de los datos poblacionales: ¡38 por ciento! está
clasificadas como de los deciles I o II, o sea del
20 por ciento más pobre de los mexicanos, y las familias con jefatura
femenina sobrepasan en 2 millones el total nacional de las de ese tipo. La
próxima declaratoria de cobertura universal de salud carece de sustancia
concreto con tal inexactitud en los datos. Sobra decir
que la poca confiabilidad del denominador para cualquier cálculo de recursos
respecto a la población cubierta resta validez a este tipo de indicadores que
deberían de ser la base mínima de cualquier proceso serio de planeación. En salud
está de moda argumentar que las políticas públicas deben estar basadas en
evidencias que, las más de las veces, equivale a decir estar sustentadas en
datos. Es de por sí cuestionable si este concepto, tomado de la medicina
clínica y los estudios experimentales estrictamente controlados, se puede
trasladar a los procesos complejos de las políticas públicas y en este caso
cuáles son los datos o evidencias a tomar en cuenta. El
problema no se hace menor cuando se analiza el tipo de dato-información que se
utiliza. Un ejemplo es el muy favorecido indicador de impacto años de vida
saludable que resulta ser construido parcialmente en valores imputados o
estimados lo que le rinde un carácter poco exacto y cargado de juicios de
valor. Las
políticas mexicanas de salud basadas en evidencias acumulan de esta manera la
inexactitud de los datos básicos y la imperfección de los indicadores
construidos de uso común. Los investigadores deberíamos exigir que las
autoridades depuren sus bases de datos oficiales y hagan transparentes las
razones de las diferencias entre una y otra fuente. Sólo así podemos hacer
estudios científicamente válidos y socialmente útiles. |